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El Estado y la Inmigración
1) El contexto internacional
Las condiciones de los países de origen
La movilidad geográfica de las personas ha sido una constante a través de la historia europea. Desde mucho antes de la emigración de masas, hombres y mujeres se desplazaron durante siglos por razones económicas, políticas o religiosas.
Tradicionalmente, en las sociedades agrícolas y pastoriles se producían movimientos estacionales de mano de obra, debido a los ciclos agrícolas y a la trashumancia ligada a la ganadería.
Otras formas de movilidad en la sociedad preindustrial fueron las migraciones del campo a las ciudades, los desplazamientos voluntarios o forzosos producidos por las guerras y las rivalidades entre Estados, la expulsión de minorías religiosas, el movimiento de artesanos especializados que ofrecían sus servicios en distintas regiones.
La "Gran Emigración" o "Emigración de masas", que se inició a comienzos del siglo XIX, fue en cierta medida una continuación de esta movilidad geográfica, pero tuvo al mismo tiempo rasgos muy particulares, que la convirtieron en un fenómeno diferente de la "emigración de oficio" característica del Antiguo Régimen. Entre 1830 y 1930 más de cincuenta millones de europeos emigraron hacia América.
En parte conserva alguna de las características de los movimientos migratorios preexistentes. Pero se distingue de ellos sobre todo por tres factores: la masividad del fenómeno, el fuerte peso de la emigración definitiva y la preeminencia de destinos mucho más lejanos, más allá de los océanos.
En la primera mitad del siglo XIX las emigraciones de trabajo representan, a causa de sus dimensiones y características, un fenómeno nuevo en la historia europea. Este gigantesco movimiento de población se manifestó de diferentes maneras, tanto de espacio como de tiempo. La cadencia y la intensidad de los flujos inmigratorios cambiaban de país a país y de región a región, como consecuencia de los diversos tiempos en los que obraron los principales factores de naturaleza económica y demográfica.
Tradicionalmente, en las sociedades agrícolas y pastoriles se producían movimientos estacionales de mano de obra, debido a los ciclos agrícolas y a la trashumancia ligada a la ganadería.
Otras formas de movilidad en la sociedad preindustrial fueron las migraciones del campo a las ciudades, los desplazamientos voluntarios o forzosos producidos por las guerras y las rivalidades entre Estados, la expulsión de minorías religiosas, el movimiento de artesanos especializados que ofrecían sus servicios en distintas regiones.
La "Gran Emigración" o "Emigración de masas", que se inició a comienzos del siglo XIX, fue en cierta medida una continuación de esta movilidad geográfica, pero tuvo al mismo tiempo rasgos muy particulares, que la convirtieron en un fenómeno diferente de la "emigración de oficio" característica del Antiguo Régimen. Entre 1830 y 1930 más de cincuenta millones de europeos emigraron hacia América.
En parte conserva alguna de las características de los movimientos migratorios preexistentes. Pero se distingue de ellos sobre todo por tres factores: la masividad del fenómeno, el fuerte peso de la emigración definitiva y la preeminencia de destinos mucho más lejanos, más allá de los océanos.
En la primera mitad del siglo XIX las emigraciones de trabajo representan, a causa de sus dimensiones y características, un fenómeno nuevo en la historia europea. Este gigantesco movimiento de población se manifestó de diferentes maneras, tanto de espacio como de tiempo. La cadencia y la intensidad de los flujos inmigratorios cambiaban de país a país y de región a región, como consecuencia de los diversos tiempos en los que obraron los principales factores de naturaleza económica y demográfica.
Las causas Demográficas
¿Por qué millones de habitantes de diversas naciones europeas se vieron compelidos a abandonar sus países de origen desde las primeras décadas del siglo XIX, en una dimensión que no tenía precedentes?
Una primera razón fue el crecimiento de la población. Durante siglos, las altas tasas de natalidad habían sido contrarrestadas por altas tasas de mortalidad, debidas a las hambrunas, a las enfermedades endémicas y epidémicas -viruela, peste bubónica, tuberculosis- y a las guerras. Los rendimientos de la agricultura fueron muy bajos hasta el siglo XVIII, y ponían un primer límite al incremento demográfico. Las tasas de mortalidad infantil eran muy altas, y las condiciones sanitarias deficientes. Enfermedades que hoy son benignas eran mortales, y la tuberculosis era una de las principales causas de muerte en la población joven. La mortalidad se incrementaba en los períodos de malas cosechas, y sobre todo con las epidemias.
A partir del siglo XVIII las condiciones demográficas europeas se fueron modificando. Las mejoras en la agricultura permitieron disponer de mayores recursos alimenticios, y las condiciones sanitarias mejoraron en la medida en que se iban realizando progresos en la medicina. Todo ello contribuyó a que la mortalidad fuera descendiendo, y como las tasas de natalidad siguieron siendo altas, se produjo un crecimiento de la población sin precedentes.
Mientras que al comenzar el siglo XIX la población europea había alcanzado la cifra de casi 200 millones de habitantes, para 1900 se había duplicado, de acuerdo a las cifras que siguen.
Desde el punto de vista demográfico, la emigración fue una respuesta a la presión generada por el crecimiento de la población, y sirvió como válvula de escape.
No todos los países europeos ni todas las regiones dentro de ellos participaron del fenómeno migratorio de la misma forma. No es posible establecer una correlación mecánica entre crecimiento de la población y emigración. A la presión demográfica se sumaban otros factores. Sin embargo, es evidente que la emigración de masas fue posible en la medida en que la población europea comenzó a crecer a un ritmo inusitado.
Una primera razón fue el crecimiento de la población. Durante siglos, las altas tasas de natalidad habían sido contrarrestadas por altas tasas de mortalidad, debidas a las hambrunas, a las enfermedades endémicas y epidémicas -viruela, peste bubónica, tuberculosis- y a las guerras. Los rendimientos de la agricultura fueron muy bajos hasta el siglo XVIII, y ponían un primer límite al incremento demográfico. Las tasas de mortalidad infantil eran muy altas, y las condiciones sanitarias deficientes. Enfermedades que hoy son benignas eran mortales, y la tuberculosis era una de las principales causas de muerte en la población joven. La mortalidad se incrementaba en los períodos de malas cosechas, y sobre todo con las epidemias.
A partir del siglo XVIII las condiciones demográficas europeas se fueron modificando. Las mejoras en la agricultura permitieron disponer de mayores recursos alimenticios, y las condiciones sanitarias mejoraron en la medida en que se iban realizando progresos en la medicina. Todo ello contribuyó a que la mortalidad fuera descendiendo, y como las tasas de natalidad siguieron siendo altas, se produjo un crecimiento de la población sin precedentes.
Mientras que al comenzar el siglo XIX la población europea había alcanzado la cifra de casi 200 millones de habitantes, para 1900 se había duplicado, de acuerdo a las cifras que siguen.
Desde el punto de vista demográfico, la emigración fue una respuesta a la presión generada por el crecimiento de la población, y sirvió como válvula de escape.
No todos los países europeos ni todas las regiones dentro de ellos participaron del fenómeno migratorio de la misma forma. No es posible establecer una correlación mecánica entre crecimiento de la población y emigración. A la presión demográfica se sumaban otros factores. Sin embargo, es evidente que la emigración de masas fue posible en la medida en que la población europea comenzó a crecer a un ritmo inusitado.
Las Causas Económicas
El siglo XIX fue para Europa un período de profundas transformaciones económicas, marcado por el proceso de industrialización y sus consecuencias.
Desde los comienzos dela Revolución Industrial en Gran Bretaña a fines del siglo XVIII, este fenómeno fue difundiéndose por el continente. La industria se convirtió en la actividad económica más dinámica. Las viejas formas de producción industrial fueron paulatinamente reemplazadas por el sistema de fábrica. Tuvo lugar un acelerado proceso de urbanización, caracterizado por el crecimiento y modernización de las ciudades, incrementándose la población urbana con relación a la población rural. Los cambios también afectaron a la producción agrícola, que fue mejorando sus rendimientos gracias al proceso de innovación tecnológica. Cambios en las relaciones de producción y en los regímenes de propiedad llevaron a la progresiva parcelación territorial y al cultivo de las tierras marginales. El fuerte crecimiento de la población acentuó en muchas áreas la crisis alimenticia y la escasez de tierras libres. Las migraciones del campo a la ciudad contribuyeron a agravar la disminución de los salarios y la desocupación del proletariado urbano.
En la medida en que el proceso de industrialización fue contemporáneo al proceso migratorio, cabe preguntarse en qué medida fue una de sus causas.
Sin duda las nuevas condiciones económicas crearon un marco de posibilidades para la emigración masiva. En primer lugar, la llamada "revolución de los transportes", que tuvo lugar a partir de la década de 1820. Ella agilizó notoriamente el transporte terrestre con la difusión del ferrocarril, acortando distancias y permitiendo desplazamientos de más largo alcance. También hizo posible, con la navegación a vapor, el abaratamiento de los viajes oceánicos y la reducción de los tiempos de viaje.
Hacia fines del siglo XIX los pasajes marítimos eran relativamente accesibles, y el tiempo de viaje entre los puertos europeos y el de Buenos Aires se había acortado sensiblemente. En 1830 cruzar el Atlántico en barcos a vela desde los puertos italianos de Génova o Livorno insumía no menos de cincuenta días. Con la aparición de los barcos a vapor el tiempo del viaje se redujo a menos de la mitad, es decir entre 18 y 24 días. Estas condiciones podían modificarse a causa del clima o de desperfectos técnicos, lo cual alargaba la duración del trayecto.
La conformación de un mercado mundial crecientemente integrado favoreció el libre movimiento de las personas y el desplazamiento de trabajadores desde zonas con exceso de mano de obra hacia las regiones en las que ésta escaseaba. También facilitó el envío de remesas de parte de los emigrantes a sus países de origen, ya que no existían restricciones para el giro de moneda desde los países de destino. Las sumas de dinero que giraban los inmigrantes en forma individual no eran elevadas, pero dada la gran cantidad de personas que residían lejos de sus hogares, la suma total fue muy importante, y tuvo una fuerte incidencia sobre la economía europea.
Las nuevas condiciones económicas también actuaron como factores de expulsión. Por ejemplo, el desarrollo de determinadas regiones a expensas de otras implicó el empobrecimiento de estas últimas. La difusión de procesos de innovación tecnológica que arruinaban a actividades tradicionales, como el artesanado, contribuyó sin duda a provocar movimientos de población. En muchos casos los artesanos elegían la vía de la emigración como alternativa a la proletarización, y buscaban ejercer sus oficios en los países de destino. Aunque el aumento de la población llevaba consigo una creciente demanda de bienes y una mayor producción, la expansión industrial no tenía la capacidad de absorber la oferta de trabajo disponible. Los desplazamientos internos de la población rural hacia las ciudades, y los transoceánicos hacia las ocasiones de trabajo en el extranjero, representaron la respuesta natural a la "presión demográfica diferencial" entre países europeos y americanos.
En algunas regiones de Europa, la conformación de mercados nacionales y la unificación de tarifas externas, perjudicó a las regiones más atrasadas, como por ejemplo el Sur de Italia.
Se ha tratado de establecer una correlación entre la emigración masiva y la crisis agraria que vivió Europa entre mediados de la década de 1870 y mediados de la de 1890, debida a la gran depresión de los precios de los cereales generada por la competencia de los granos extranjeros. Ello habría generado la ruina de parte del campesinado, que se habría visto obligado a emigrar. Pero todo ello varió según países y regiones, y es difícil encontrar explicaciones generales satisfactorias.
Algunas regiones de Italia, comola Liguria , tuvieron su apogeo emigratorio antes de la "Gran Depresión", y otras, como Sicilia, lo comenzaron una vez finalizada la crisis. Pero en el Veneto el flujo emigratorio estuvo estrechamente vinculado a las fluctuaciones de la economía agraria. En lo que respecta a España, el auge de la emigración ultramarina se produjo hacia mediados de los años noventa, cuando Europa en su conjunto comenzaba a salir de la gran depresión.
Las condiciones económicas fueron sin duda factores determinantes de la emigración, pero variaron de país en país y de región en región. En algunos casos la crisis agraria fue el principal factor de expulsión. Pero en otros no fue así: en el Norte de Italia la difusión del telar mecánico, que perjudicó a los campesinos que efectuaban trabajo a domicilio con telares manuales, tuvo una importancia similar a la caída de los precios agrícolas como motor de la emigración ultramarina. En España fue clave la ruptura comercial con Francia a comienzos de la década de 1890, ya que cerró un mercado al que se dirigía la mayor parte de la producción agraria. También debe tenerse en cuenta que la emigración puede ser inducida por catástrofes naturales, como las plagas agrícolas, que afectan sólo a algunas regiones.
¿Fue la miseria generada por las nuevas condiciones económicas la principal causa de la emigración? Más allá de casos aislados, no parece haber sido la regla. La pobreza extrema era más un obstáculo que un motor de la emigración transoceánica. En primer lugar porque los emigrantes debían hacer frente al costo del pasaje, salvo en aquellos casos en que existieran pasajes subsidiados (como en el caso de Brasil y de Argentina en algunos años). En segundo término, porque para los sectores más carenciados resultaba difícil disponer de recursos como para sobrevivir sin trabajar el tiempo del viaje y el que llevara la incorporación al mercado laboral en el país de destino.
Generalmente no eran los más pobres los que emigraban. Encuestas realizadas en el Sur de Italia a principios de este siglo revelan que muchos campesinos de zonas deprimidas no emigraron a América por falta de dinero para poder hacerlo. En los casos de España e Italia no se emigraba desde las zonas de latifundio, donde se encuentra la mayor cantidad de jornaleros agrícolas, sino desde aquellas de minifundio, cuyos habitantes, pequeños propietarios o arrendatarios, se encontraban en una situación relativamente más holgada. En realidad, quienes emigraban lo hacían por diversas motivaciones, que no siempre eran económicas.
Desde los comienzos de
En la medida en que el proceso de industrialización fue contemporáneo al proceso migratorio, cabe preguntarse en qué medida fue una de sus causas.
Sin duda las nuevas condiciones económicas crearon un marco de posibilidades para la emigración masiva. En primer lugar, la llamada "revolución de los transportes", que tuvo lugar a partir de la década de 1820. Ella agilizó notoriamente el transporte terrestre con la difusión del ferrocarril, acortando distancias y permitiendo desplazamientos de más largo alcance. También hizo posible, con la navegación a vapor, el abaratamiento de los viajes oceánicos y la reducción de los tiempos de viaje.
Hacia fines del siglo XIX los pasajes marítimos eran relativamente accesibles, y el tiempo de viaje entre los puertos europeos y el de Buenos Aires se había acortado sensiblemente. En 1830 cruzar el Atlántico en barcos a vela desde los puertos italianos de Génova o Livorno insumía no menos de cincuenta días. Con la aparición de los barcos a vapor el tiempo del viaje se redujo a menos de la mitad, es decir entre 18 y 24 días. Estas condiciones podían modificarse a causa del clima o de desperfectos técnicos, lo cual alargaba la duración del trayecto.
La conformación de un mercado mundial crecientemente integrado favoreció el libre movimiento de las personas y el desplazamiento de trabajadores desde zonas con exceso de mano de obra hacia las regiones en las que ésta escaseaba. También facilitó el envío de remesas de parte de los emigrantes a sus países de origen, ya que no existían restricciones para el giro de moneda desde los países de destino. Las sumas de dinero que giraban los inmigrantes en forma individual no eran elevadas, pero dada la gran cantidad de personas que residían lejos de sus hogares, la suma total fue muy importante, y tuvo una fuerte incidencia sobre la economía europea.
Las nuevas condiciones económicas también actuaron como factores de expulsión. Por ejemplo, el desarrollo de determinadas regiones a expensas de otras implicó el empobrecimiento de estas últimas. La difusión de procesos de innovación tecnológica que arruinaban a actividades tradicionales, como el artesanado, contribuyó sin duda a provocar movimientos de población. En muchos casos los artesanos elegían la vía de la emigración como alternativa a la proletarización, y buscaban ejercer sus oficios en los países de destino. Aunque el aumento de la población llevaba consigo una creciente demanda de bienes y una mayor producción, la expansión industrial no tenía la capacidad de absorber la oferta de trabajo disponible. Los desplazamientos internos de la población rural hacia las ciudades, y los transoceánicos hacia las ocasiones de trabajo en el extranjero, representaron la respuesta natural a la "presión demográfica diferencial" entre países europeos y americanos.
En algunas regiones de Europa, la conformación de mercados nacionales y la unificación de tarifas externas, perjudicó a las regiones más atrasadas, como por ejemplo el Sur de Italia.
Se ha tratado de establecer una correlación entre la emigración masiva y la crisis agraria que vivió Europa entre mediados de la década de 1870 y mediados de la de 1890, debida a la gran depresión de los precios de los cereales generada por la competencia de los granos extranjeros. Ello habría generado la ruina de parte del campesinado, que se habría visto obligado a emigrar. Pero todo ello varió según países y regiones, y es difícil encontrar explicaciones generales satisfactorias.
Algunas regiones de Italia, como
Las condiciones económicas fueron sin duda factores determinantes de la emigración, pero variaron de país en país y de región en región. En algunos casos la crisis agraria fue el principal factor de expulsión. Pero en otros no fue así: en el Norte de Italia la difusión del telar mecánico, que perjudicó a los campesinos que efectuaban trabajo a domicilio con telares manuales, tuvo una importancia similar a la caída de los precios agrícolas como motor de la emigración ultramarina. En España fue clave la ruptura comercial con Francia a comienzos de la década de 1890, ya que cerró un mercado al que se dirigía la mayor parte de la producción agraria. También debe tenerse en cuenta que la emigración puede ser inducida por catástrofes naturales, como las plagas agrícolas, que afectan sólo a algunas regiones.
¿Fue la miseria generada por las nuevas condiciones económicas la principal causa de la emigración? Más allá de casos aislados, no parece haber sido la regla. La pobreza extrema era más un obstáculo que un motor de la emigración transoceánica. En primer lugar porque los emigrantes debían hacer frente al costo del pasaje, salvo en aquellos casos en que existieran pasajes subsidiados (como en el caso de Brasil y de Argentina en algunos años). En segundo término, porque para los sectores más carenciados resultaba difícil disponer de recursos como para sobrevivir sin trabajar el tiempo del viaje y el que llevara la incorporación al mercado laboral en el país de destino.
Generalmente no eran los más pobres los que emigraban. Encuestas realizadas en el Sur de Italia a principios de este siglo revelan que muchos campesinos de zonas deprimidas no emigraron a América por falta de dinero para poder hacerlo. En los casos de España e Italia no se emigraba desde las zonas de latifundio, donde se encuentra la mayor cantidad de jornaleros agrícolas, sino desde aquellas de minifundio, cuyos habitantes, pequeños propietarios o arrendatarios, se encontraban en una situación relativamente más holgada. En realidad, quienes emigraban lo hacían por diversas motivaciones, que no siempre eran económicas.
Las Causas Sociales y Políticas
El siglo XIX fue también un siglo de alta conflictividad social, y ella no fue ajena al proceso migratorio.
Una vez más, la situación varió en términos regionales. Algunos autores trataron de encontrar una correlación entre altos niveles de organización social -sindicatos y partidos políticos fuertes- y bajas tasas de emigración. E inversamente, entre bajos niveles de organización social y elevadas tasas de emigración. Ello no es necesariamente así: podía darse que mientras los estratos más sumergidos elegían la sindicalización o la lucha política, los arrendatarios y pequeños propietarios podían optar por la emigración. No se trataría de altas y bajas tasas de emigración, sino de diversos estratos sociales que emigraban.
Más allá de las variantes regionales, la emigración era una válvula de escape para las sociedades con alta conflictividad. En realidad, la emigración política se había iniciado con el exilio de liberales y republicanos, y se continuó más tarde con el de socialistas, anarquistas y comunistas. En algunos casos, como el italiano, las autoridades fomentaban la emigración de militantes radicalizados, otorgándoles la libertad y un pasaporte "limpio" a cambio de que abandonaran el territorio italiano.
A los emigrados por razones sociales o políticas, debemos agregar a los que se expatriaban por razones religiosas. Entre ellos se incluyen tanto los miembros de minorías que emigraban para realizar proyectos comunitarios en los países de destino -por ejemplo los valdenses- como los grupos víctimas de persecuciones en los países de origen, como los judíos o los armenios.
De entre la variedad de protagonistas y situaciones del movimiento migratorio, es posible recortar dos figuras.
En primer lugar, la de aquellos afectados en su actividad por el cambio de las condiciones económicas, demográficas y sociales (nacionales o continentales) que hemos considerado previamente. Esta categoría abarca desde los artesanos urbanos desplazados por la aparición del sistema de fábrica hasta los agricultores perjudicados por una ampliación de mercados que favorece a ciertas regiones y empobrece a otras. Ambos, artesanos y agricultores, buscan revalorizar, a través de la emigración, sus profesiones. Intentan defender actividades que no sólo les permitan subsistir, sino también mantener una forma de sociabilidad y un tipo de estructura familiar.
Una segunda figura sería la de aquellas personas que buscan valorizar al máximo, a través de estrategias de movilidad social, ciertas ventajas comparativas que poseen, como un pequeño capital, un título, o simplemente un conjunto de conocimientos empíricos. Los nuevos espacios que se abren en las sociedades de ultramar aparecen ante ellos como muy adecuados para favorecer su veloz ascenso social.
Una vez más, la situación varió en términos regionales. Algunos autores trataron de encontrar una correlación entre altos niveles de organización social -sindicatos y partidos políticos fuertes- y bajas tasas de emigración. E inversamente, entre bajos niveles de organización social y elevadas tasas de emigración. Ello no es necesariamente así: podía darse que mientras los estratos más sumergidos elegían la sindicalización o la lucha política, los arrendatarios y pequeños propietarios podían optar por la emigración. No se trataría de altas y bajas tasas de emigración, sino de diversos estratos sociales que emigraban.
Más allá de las variantes regionales, la emigración era una válvula de escape para las sociedades con alta conflictividad. En realidad, la emigración política se había iniciado con el exilio de liberales y republicanos, y se continuó más tarde con el de socialistas, anarquistas y comunistas. En algunos casos, como el italiano, las autoridades fomentaban la emigración de militantes radicalizados, otorgándoles la libertad y un pasaporte "limpio" a cambio de que abandonaran el territorio italiano.
A los emigrados por razones sociales o políticas, debemos agregar a los que se expatriaban por razones religiosas. Entre ellos se incluyen tanto los miembros de minorías que emigraban para realizar proyectos comunitarios en los países de destino -por ejemplo los valdenses- como los grupos víctimas de persecuciones en los países de origen, como los judíos o los armenios.
De entre la variedad de protagonistas y situaciones del movimiento migratorio, es posible recortar dos figuras.
En primer lugar, la de aquellos afectados en su actividad por el cambio de las condiciones económicas, demográficas y sociales (nacionales o continentales) que hemos considerado previamente. Esta categoría abarca desde los artesanos urbanos desplazados por la aparición del sistema de fábrica hasta los agricultores perjudicados por una ampliación de mercados que favorece a ciertas regiones y empobrece a otras. Ambos, artesanos y agricultores, buscan revalorizar, a través de la emigración, sus profesiones. Intentan defender actividades que no sólo les permitan subsistir, sino también mantener una forma de sociabilidad y un tipo de estructura familiar.
Una segunda figura sería la de aquellas personas que buscan valorizar al máximo, a través de estrategias de movilidad social, ciertas ventajas comparativas que poseen, como un pequeño capital, un título, o simplemente un conjunto de conocimientos empíricos. Los nuevos espacios que se abren en las sociedades de ultramar aparecen ante ellos como muy adecuados para favorecer su veloz ascenso social.
2) El contexto nacional
¿Por qué tantos inmigrantes decidieron instalarse en nuestro país? ¿Qué ofrecía la Argentina como factores de atracción durante la época de las migraciones masivas?
Hay que considerar que desde las últimas décadas del siglo pasado el país ingresó en una etapa de expansión económica sin precedentes, acompañada por un proceso de pacificación política y de consolidación de las instituciones.
Todo ello favoreció la llegada de inmigrantes, y convirtió ala Argentina en uno de los destinos privilegiados.
Todo ello favoreció la llegada de inmigrantes, y convirtió a
La inmigración en el proyecto de organización nacional
La organización política e institucional y la modernización económica y social fueron los pilares en los que se asentó el proceso de transformación. En este marco, la inmigración fue el resultado de “un esfuerzo consciente de parte de las élites que dirigieron la organización del país para sustituir su vieja estructura, heredada de la sociedad colonial, con una estructura social inspirada en los países más avanzados de occidente" (G. Germani, 1965, p.180)
El propósito principal y explícito no era solamente el de "poblar el desierto", sino también el de modificar sustancialmente la composición de su población, sumando a la población nativa la de inmigrantes europeos, que debían transmitir sus valores al conjunto de los habitantes del país.
El propósito principal y explícito no era solamente el de "poblar el desierto", sino también el de modificar sustancialmente la composición de su población, sumando a la población nativa la de inmigrantes europeos, que debían transmitir sus valores al conjunto de los habitantes del país.
Estas ideas aparecieron ya explicitadas en la "Bases y puntos de partida para la Organización Política de la República Argentina ", de Juan Bautista Alberdi, cuya primera edición fue publicada en mayo de 1852, a pocos meses de la derrota de Rosas en Caseros. Alberdi veía a la inmigración como "un medio de progreso y de cultura para América del Sur" (Bases, ed. Jackson, 1953, p.77).
Para Alberdi, la Argentina debía recibir, a través de los inmigrantes, "el espíritu vivificante de la civilización europea". (Bases, p.77). Ellos introducirían hábitos de orden y de buena educación, hábitos de industria y de laboriosidad, y los transmitirían al conjunto de la población del país. Alberdi veía en la inmigración una de las claves para el desarrollo de la Argentina , ya que los habitantes de los países más industrializados, es decir los de Europa del Norte, al radicarse en nuestro país harían posible que éste se transformara y se convirtiera en una nación avanzada. Alberdi creía en lo que él designaba como "la educación de las cosas", que consistía en educar con el ejemplo y con la enseñanza de habilidades concretas, más que con la enseñanza humanística y formal.
Para fomentar la inmigración, Alberdi proponía una serie de medidas concretas. Por un parte, firmar tratados con países extranjeros que garantizaran los derechos de propiedad, de libertad civil, de seguridad, de adquisición y de tránsito. Veía a los tratados de amistad y comercio como "el medio honorable de colocar la civilización sudamericana bajo el protectorado de la civilización del mundo" (Bases, p.80). En segundo término, el gobierno debería fomentar la inmigración espontánea, otorgando a los inmigrantes "franquicias que les hagan olvidar su condición de extranjeros" (p.82), siguiendo el modelo de los Estados Unidos. En tercer lugar, sostenía que la tolerancia religiosa era un elemento clave y presentaba para América española un "dilema fatal”; o católica exclusivamente y despoblada; o poblada y próspera, y tolerante en materia de religión" (p.83). Excluir a los no católicos, principalmente los protestantes, era para Alberdi excluir a los pobladores que más necesita este continente.
La atracción de inmigrantes y su distribución a lo largo de todo el territorio nacional sólo serían posibles contando con un adecuado sistema de transportes. El ferrocarril, la libre navegación de los ríos y la supresión de las aduanas interiores eran vistos por Alberdi como condiciones para que la acción civilizadora de Europa penetrara en el interior de nuestro continente (pp.86-97).
Sostenía también que la legislación civil y comercial debía facilitar la radicación de extranjeros, para lo cual era necesaria una reforma de las leyes para adecuarlas a la nueva constitución.
Las "Bases" fue uno de los textos en los que se inspiró la Constitución de 1853, que en su artículo 25 establece que "El gobierno Federal fomentará la inmigración europea y no podrá restringir, limitar ni gravar con impuesto alguno la entrada en el territorio argentino de los extranjeros que traigan por objeto labrar la tierra, mejorar las industrias e introducir y enseñar las ciencias y las artes". Otros artículos garantizan los derechos civiles de todos los habitantes de la Confederación (Art.14), el derecho de propiedad (Art.17), la seguridad jurídica (Art.18). El artículo 20 establece que "Los extranjeros gozan en el territorio de la Confederación de todos los derechos civiles del ciudadano; pueden ejercer su industria, comercio y profesión; poseer bienes raíces, comprarlos y enajenarlos; navegar los ríos y costas; ejercer libremente su culto; testar y casarse conforme a las leyes. No están obligados a admitir la ciudadanía, ni a pagar contribuciones forzosas extraordinarias."
Si bien tanto el gobierno de la Confederación como el de la Provincia de Buenos Aires tomaron diversas medidas para fomentar la inmigración, recién en 1876, durante la presidencia de Avellaneda, se promulgó la ley nº 817, de "inmigración y colonización", sancionada el 19 de octubre de dicho año.
La pacificación política y la organización del Estado
La construcción de un estado nacional fue un proceso lento y complejo que se inició con la Revolución de Mayo y demandó más de medio siglo de guerras civiles y experimentos fallidos.
A pesar de la intensa actividad económica despertada ya antes de la caída de Rosas por las transformaciones que se iban produciendo en la economía mundial, las posibilidades de expansión se veían limitadas por diversos factores de orden económico e institucional.
La ausencia de un mercado nacional integrado, la precariedad de los medios de comunicación, la anarquía en los medios de pago, la inexistencia de un mercado financiero, las dificultades para expandir la frontera territorial contribuían a generar un marco de inestabilidad que atentaba contra el crecimiento económico.
Además, la ausencia de garantías sobre la propiedad, sobre la estabilidad productiva y aún sobre la propia vida -derivadas de las continuas guerras civiles y de las incursiones indígenas- ponían escollos casi insalvables a la iniciativa privada.
"La distancia entre proyecto y concreción, entre la utopía del 'progreso' y la realidad del atraso y el caos, era la distancia entre la constitución formal de la nación y la efectiva existencia de un estado nacional" (Oszlak, 1982, p.54).
"La distancia entre proyecto y concreción, entre la utopía del 'progreso' y la realidad del atraso y el caos, era la distancia entre la constitución formal de la nación y la efectiva existencia de un estado nacional" (Oszlak, 1982, p.54).
A los pocos meses de la caída de Rosas, en septiembre de 1852, se inició una nueva etapa de fragmentación política del territorio. A pesar de que en 1853 fue sancionada la Constitución , entre 1852 y 1862 la Provincia de Buenos Aires estuvo escindida del resto de las provincias, nucleadas en la Confederación Argentina cuya capital era Paraná.
Si bien con la batalla de Pavón se produjo la reunificación del territorio y el inicio de las "presidencias nacionales" -Mitre, Sarmiento y Avellaneda-, quedaban pendientes diversas cuestiones a resolver que llevaron a nuevos enfrentamientos armados. Los levantamientos de montoneras en las provincias del Noroeste, de Cuyo y de Entre Ríos en las décadas de 1860 y 1870 y las luchas que tuvieron lugar en torno a la capitalización de Buenos Aires, que culminaron recién en 1880, fueron las expresiones más salientes del conflicto. A los enfrentamientos internos se sumó la Guerra con el Paraguay, que tuvo lugar entre 1865 y 1870.
Para la élite argentina el "orden" aparecía como una condición del progreso económico, y tenía a su vez proyecciones externas. Su instauración permitiría obtener la confianza del extranjero en la estabilidad del país y sus instituciones. Con ello se atraerían capitales e inmigrantes, dos factores de producción sin cuyo concurso toda perspectiva de progreso resultaba virtualmente nula.
A pesar de los conflictos internos y externos, las primeras presidencias constituyeron una etapa de modernización jurídica y política. Por primera vez se puso en práctica la división de poderes establecida porla Constitución , al instalarse en 1862 el Poder Judicial. A partir de 1863 se reglamentó la emisión del voto sobre la base de las normas fijadas por la Constitución , instaurándose el sistema electoral que tuvo vigencia hasta 1912.
A pesar de los conflictos internos y externos, las primeras presidencias constituyeron una etapa de modernización jurídica y política. Por primera vez se puso en práctica la división de poderes establecida por
La aprobación de los Códigos Civil y de Comercio permitió consolidar la legislación privada y penal para todo el país, estableciendo las bases de la seguridad jurídica.
A partir de 1880, al iniciarse la presidencia de Roca, el país se pacificó, y la paz política permitió a la nueva administración emprender con éxito la transformación de la estructura institucional del país.
A partir de 1880, al iniciarse la presidencia de Roca, el país se pacificó, y la paz política permitió a la nueva administración emprender con éxito la transformación de la estructura institucional del país.
Luego de la federalización de la ciudad de Buenos Aires, diversas medidas procuraron consolidar y organizar el nuevo marco institucional, entre ellas la organización de los territorios nacionales, la creación del Código de Procedimientos en lo civil, la Ley de Unificación Monetaria, la Ley de Educación Común (1884) y la de Registro Civil (1888).
La expansión económica
Desde mediados del siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial la economía argentina creció en forma sostenida, a un ritmo que se aceleró a partir de la década de 1880.
El período 1880-1914 fue la etapa de mayor crecimiento económico del país. "Las tendencias que ya se visualizaban con anterioridad a 1880 terminaron por generar un crecimiento irregular pero vigoroso, orientado hacia las exportaciones, de un dinamismo inusual aún en aquellos años en los que muchas de las regiones periféricas del mundo asistían a procesos en los que las exportaciones constituían el motor del crecimiento. Ya sea que se compare el crecimiento experimentado por Argentina con su propia evolución anterior o posterior, o con lo que estaba sucediendo en el resto del mundo durante el período 1880-1913, puede calificárselo, sin lugar a dudas, de extraordinario" (Díaz Alejandro, 1980, p.370). Entre 1880 y 1913 el producto bruto per cápita se duplicó. La población total se cuadruplicó, elevándose de menos de dos millones de habitantes a comienzos de la década de 1870 a más de ocho millones en 1914. Las tasas de crecimiento anual entre 1880 y 1914 fueron del 3.4% para la población y de entre 2% y 2.5% para el PBI.
La base de este crecimiento estuvo constituida por una serie de factores, entre los que se destacan la expansión acelerada de la producción agropecuaria, el crecimiento de las exportaciones, la modernización del sistema de transportes -en particular gracias a la construcción de los ferrocarriles y el crecimiento de la población. Estos cambios afectaron la configuración del espacio y se tradujeron en la formación de un mercado nacional, y en el desarrollo de una incipiente industria vinculada a la ganadería y al agro.
Al mismo tiempo, la Argentina se fue incorporando a un mercado mundial crecientemente integrado como país exportador de productos agropecuarios.
Desde la década de 1820 tuvo lugar un primer proceso de modernización y diversificación de la producción agropecuaria, gracias a la introducción y difusión de la cría del ovino, proceso que se aceleró desde la década de 1840. Para 1851 la lana constituía más del 10% de las exportaciones totales del país, y el stock de ovejas alcanzaba a 14 millones de cabezas (hacia 1810 el número de ovejas era de entre 2 y 3 millones). La expansión del ovino continuó en la década de 1860, produciéndose una verdadera "fiebre del lanar". Para 1865 la lana se había convertido en el principal producto de exportación de la Provincia de Buenos Aires y también del país. En los años setenta el sector siguió en crecimiento, aunque expuesto a los altibajos que derivaban tanto de las condiciones del mercado internacional como de los problemas locales que afectaban a la cría y a la exportación (H. Sábato, 1989, 42-43).
Hasta fin de siglo la lana siguió siendo el principal producto de exportación del país, pero la cría de ovinos fue declinando paulatinamente desde la década de 1880. Al mismo tiempo, las variedades destinadas a la producción de lana -como el merino- se fueron desplazando desde la provincia de Buenos Aires hacia el sur, reemplazadas por nuevas razas, que servían también para el abastecimiento de carne a la naciente industria frigorífica.
Pero además, para fines de la década de 1880 ya estaba madurando otro proceso, que cambió radicalmente el uso del suelo en la pampa húmeda. El vacuno, destinado a los frigoríficos, fue reemplazando al ovino. Al mismo tiempo, se produjo una fuerte expansión de la agricultura, gracias a la incorporación de nuevas tierras
"Hacia mediados los años 1876-79, la superficie que estaba en explotación en la zona pampeana argentina alcanzaba a 54,6 millones de hectáreas. Entre esos años y el final de la década de 1880, esa superficie llegaba a 83,8 millones de hectáreas. En una década se habían agregado unos 30 millones de hectáreas, alcanzando la superficie explotable en la Pampa Húmeda sus dimensiones actuales. (...)" (R. Cortés Conde, 1980, p.377). En los años ochenta la incorporación de tierras se debió sobre todo a la campaña del desierto.
El crecimiento de la oferta de tierras permitió en primer lugar una gran expansión de la ganadería vacuna, sobre todo en la provincia de Buenos Aires. A partir de la extensión del ferrocarril, comenzó la expansión de la agricultura, que se aceleró en la década de 1890. En una primera etapa la provincia de Santa Fe lideró este proceso, seguida por la de Buenos Aires, pero hacia 1914 la producción cerealera de Buenos Aires superaba ampliamente a la de Santa Fe.
El aumento de la producción agrícola, especialmente en el caso del trigo, se tradujo en un fuerte incremento de las exportaciones, que pasaron de 328.000 toneladas en 1890 a 1.900.000 en 1900.
También fueron incrementándose las exportaciones de carne congelada, gracias a la expansión de la actividad frigorífica y a la mestización del ganado.
También fueron incrementándose las exportaciones de carne congelada, gracias a la expansión de la actividad frigorífica y a la mestización del ganado.
Si bien la primera línea ferroviaria comenzó a construirse en 1857, el aumento de las millas construidas fue lento hasta la década de 1880. En 1880 la longitud total de las líneas ferroviarias era de 1563 millas . Para 1890 de casi 6000, y para 1914 de más de 21.000. Las etapas de mayor expansión fueron los años ochenta y la década previa a la primera guerra mundial. Para entonces todas las líneas troncales estaban trazadas, y de allí en más el crecimiento fue muy lento.
La construcción de los ferrocarriles fue un elemento clave en la consolidación de la actividad agroexportadora, ya que posibilitó la colonización y explotación comercial de la pampa. El desarrollo agrícola no hubiera sido posible sin ferrocarril, ya que no existían vías alternativas que permitieran el transporte desde las zonas de producción.
La legislación migratoria
La legislación argentina otorga igualdad de derechos y obligaciones a nativos y extranjeros. Así lo sostiene nuestra Constitución en su artículo 20 cuando expresa: "Los extranjeros gozan en el territorio de la Nación de todos los derechos civiles del ciudadano; pueden ejercer su industria, comercio y profesión. No están obligados a admitir la ciudadanía, ni a pagar contribuciones forzosas extraordinarias".
Durante la presidencia de Nicolás Avellaneda, en 1876, se sancionó y promulgó la ley no. 817, primera que regula la inmigración y colonización. La ley consta de 121 capítulos, la mitad de ellos dedicados a la inmigración, y la otra mitad a la colonización. En 1903, al sancionarse la ley nº 4167 "de venta y arrendamiento de tierras fiscales", quedó derogada la parte correspondiente a la colonización.
Por medio de la Ley se creó el Departamento General de Inmigración, dependiente del Ministerio del Interior (Art.1º); dándole al Poder Ejecutivo la facultad de nombrar agentes en aquellos puntos de Europa o de América que considere convenientes para fomentar la inmigración para la República Argentina , los que tendrán como función "desarrollar una continua propaganda, proporcionar gratuitamente informes a los interesados, certificar sobre la conducta y actitud industrial del inmigrante, intervenir en los contratos de transporte y, en algunos casos, pagar sus pasajes" (Art.4).
El Ejecutivo podrá también “nombrar comisiones de inmigración en los puntos del país interesados en el problema, con la función de alojar, colocar y trasladar inmigrantes” (Art.8). Oficinas de trabajo y de colocación colaborarán con el Departamento de inmigración de Buenos Aires y con las comisiones locales para atender los pedidos de "profesores, artesanos, jornaleros o labradores que se les hicieses" y "procurar condiciones ventajosas para la colocación de los inmigrantes en el arte, oficio o industria a que prefiriesen dedicarse” (Art.48). El Departamento de Inmigración deberá "propender por todos los medios a su alcance a fomentar y facilitar la internación de inmigrantes en el Interior” (Art.3).
En el artículo 12 la ley define como inmigrante a "todo extranjero jornalero, artesano, industrial, agricultor o profesor, que siendo menor de sesenta años y acreditando su moralidad y sus aptitudes, llegase a la república para establecerse en ella, en buques a vapor o a vela, pagando pasaje de segunda o tercera clase, o teniendo el viaje pagado por cuenta de la Nación , de las provincias o de las empresas particulares, protectoras de la inmigración y la colonización.”
Todo inmigrante, siempre que "acreditase suficientemente su buena conducta y su aptitud para cualquier industria, arte u oficio útil", gozaba del derecho de ser alojado y mantenido a expensas del Estado durante los cinco días siguientes a su desembarco (Art.45). Además, el Poder Público se hacía también cargo de su traslado al lugar del país que eligiese como residencia. Por otra parte, cuando el inmigrante así lo desease, podía obtener ocupación a través de la Oficina del Trabajo.
En caso de dirigirse al interior del país, y si en el lugar de destino había Comisión de Inmigración, ésta debía otorgar al inmigrante alojamiento y alimentación por un plazo de hasta diez días.
Fuente
Sarmiento, Domingo F.; Facundo, civilización y barbarie en las pampas argentinas; Emecé editores; Buenos Aires, 1999.
Extractos del primer capítulo, Aspectos físicos de la república Argentina; caracteres, hábitos e ideas que engendra.
El continente americano termina al sur, en una punta en cuya extremidad se forma el estrecho de Magallanes. Al oeste, y a corta distancia del Pacífico, se extienden paralelos a la costa, los andes chilenos. La tierra que queda al oriente de aquella cadena de montañas y al occidente del Atlántico, siguiendo el Río de la Plata hacia el interior por el Uruguay arriba, es el territorio que se llamó Provincias unidas del Río de la Plata , y en el que aún se derrama sangre por denominarlo República Argentina o Confederación Argentina. Al norte están el Paraguay, el gran Chaco y Bolivia, sus límites presuntos.
La inmensa extensión del país que está en sus extremos es enteramente despoblada, y ríos navegables posee que no ha surcado aún el frágil barquichuelo. El mal que aqueja a la República Argentina es la extensión: el desierto la rodea por todas partes y se le insinúa en las entrañas; la soledad, el despoblado sin una habitación humana, son, por lo general, los límites incuestionables entre unas y otras provincias. Allí la inmensidad por todas partes (…).
(…)Si no es la proximidad con el salvaje lo que inquita al hombre de campo, es el temor de un tigre que lo acecha, de una víbora que puede pisar. Esta inseguridad de la vida, que es habitual y permanente en las campañas, imprime, a mi parecer un carácter particular al ser argentino (…).
De este modo el favor mas grande que la providencia depara a un pueblo, el gaucho argentino lo desdeña (…).
(…) De todos estos ríos que debieran llevar la civilización, solo uno hay que es fecundo en beneficios para los que moran en sus riberas: el Plata, que los resume a todos juntos.
En su embocadura están situadas dos ciudades, Montevideo y Buenos Aires, cosechando hoy alternativamente las ventajas de su envidiable posición. (…).
(…) Buenos Aires, ella sola, en la vasta extensión argentina, está en contacto con las naciones europeas; ella sola explota las ventajas del comercio extranjero; ella sola tiene poder y rentas. En vano le han pedido las provincias que les deje pasar un poco de civilización. (…).
(…) Esta llanura sin límites que desde Salta a Buenos Aires, y de allí a Mendoza, por una distancia de más setecientas leguas permite rodar enormes y pesadas carreteras sin encontrar obstáculo alguno, (…), constituye uno de los rasgos más notables de la fisonomía interior de la República. (…).
El pueblo que habita estas extensas comarcas se compone de dos razas diversas, que mezclándose forman medios tintes imperceptibles: españoles e indígenas. (…). La raza negra, casi extinta ya, excepto en Buenos Aires, ha dejando sus zambos y mulatos, habitantes de las ciudades. (…).
(…) Por lo demás, de la fusión de estas tres familias ha resultado un todo homogéneo, que se distingue por su amor a la ociosidad e incapacidad industrial. (…).
(…) el hombre de la ciudad viste el traje europeo, vive de la vida civilizada tal como la conocemos en todas partes; allí están las leyes, las ideas de progreso, los medios de instrucción, alguna organización municipal, el gobierno regular, etcétera. Saliendo del recinto de la ciudad todo cambia de aspecto: el hombre del campo lleva otro traje, que llamaré americano por ser común a todos los pueblos; sus hábitos de vida son diversos, sus necesidades peculiares y limitadas; parecen dos sociedades distintas, dos pueblos extraños uno del otro. (…).
(…) La vida primitiva de los pueblos, la vida eminentemente bárbara y estacionaria, la vida de Abraham, que el la del beduino de hoy, asoma en los campos argentinos, aunque modificada por la civilización de un modo extraño. (…). El progreso está sofocado, porque no puede haber progreso sin la posesión permanente del suelo, sin la ciudad, que es la que desenvuelve la capacidad industrial del hombre y le permite extender sus adquisiciones. (…) La civilización es del todo irrealizable, la barbarie es normal, y gracias a las costumbres domésticas conservan un corto depósito de moral. (…).
Peguntas
1) ¿Qué rasgos de la Argentina caracterizan, según Sarmiento, a la civilización, y cuales a la barbarie?
2) ¿Cómo define Sarmiento a la vida en la campaña?
3) ¿Cuáles serían, siguiendo el pensamiento de Sarmiento expresado en estos párrafos, los elementos de la sociedad moderna que podrían promover la civilización?
La vida en los conventillos
La vivienda fue un indicador de vida de los grupos populares que residían en el centro de la ciudad. Aún cuando los conventillos, de acuerdo con los censos municipales de 1887 y 1904, solo albergaban un cuarto o tercio de la población del centro, las condiciones de vida en ellos eran similares, en muchos sentidos, a las de todas las clases populares del área céntrica. El 60 o 70% de la población que no vivía en conventillos o en unidades individuales de familia, ocupaban casas de pensión, departamentos pequeños o estrechas casas de dos pisos que albergaban a dos o más familias. Pero la vida en esas casas difería poco del conventillo en cuanto al tamaño de las habitaciones y los servicios.
Los conventillos surgieron por primera vez en la ciudad en las década de 1850 cuando las casas de patio, ya deterioradas, ubicadas al sur de Plaza de Mayo, se convirtieron en viviendas colectivas. Estos viejos edificios, a menudo sólo con ligeras remodelaciones interiores, aportaban beneficios mucho más altos a los propietarios como inquilinatos que como casas para las clases pudientes.
Los conventillos atraían periódicamente la atención pública. Durante la epidemia de fiebre amarilla de 1871, el ataque sensacionalista de periodismo se centró de inmediato en ellos. Las comisiones de salud establecidas en cada parroquia para controlar la epidemia cayeron con mano pesada sobre los conventillos. La forzada expulsión de sus ocupantes sólo dio como resultado un hacinamiento mayor en otra parte.
Estos asentamientos daban a sus propietarios grandes dividendos. Casi ninguno satisfacía las exigencias mínimas de la ciudad en materia de edificación, de letrinas o mantenimiento. Desgraciadamente, la municipalidad carecía de autoridad para hacer cumplir sus reformas. En verdad, los inspectores frecuentemente aceptaban la inhabitabilidad de los conventillos y llevaban a cabo su tarea dando cifras de ocupaciones menores de las reales.
A pesar del hacinamiento estimulado por los alquileres siempre en alza, las condiciones sanitarias de los conventillos mejoraron perceptiblemente durante el período de prosperidad que comenzó en 1905. Sus habitantes se beneficiaron mucho de la mejora en los servicios municipales (agua corriente, cloacas y recolección de desperdicios) alcanzadas en la zona céntrica, lugar donde se hallaban concentrados los conventillos.
Las habitaciones eran algo más chicas desde 1870, pero los materiales de construcción y los métodos habían mejorado. Cada habitación tenía ahora una puerta y una ventana aunque aún había un promedio de un cuarto de baño con ducha para cada 60 personas.
Los alquileres constituían una parte tan sustancial y fija del presupuesto del obrero que los aumentos comenzaron a provocar la protesta de los inquilinos. Por primera vez en 1890 organizaron una comisión que tomara medidas contra los propietarios. Un importante aumento en 1907 provocó nuevas protestas y condujo a la famosa “huelga de los inquilinos”. La asociación de propietarios adoptó una línea dura y se mostró decidida a iniciar acciones judiciales para desalojar a los inquilinos huelguistas. El propietario porteño exigía siempre que el inquilino suministrara una garantía o un depósito, pagara varios meses por adelantado, o pagara los dos primeros meses sin recibir recibo. En este último caso el propietario solo daba un recibo cuando se le pagaba el tercer mes de alquiler, marcado y fechado como si fuera el primero. En consecuencia, cualquier inquilino demandado por falta de pago aparecía ante el tribunal con una mora de dos meses. Los funcionarios respondían con frecuencia a los intereses del propietario influyente más que a los de los inquilinos, que a menudo eran obreros analfabetos, extranjeros, y además sucios. La lucha se extendió hasta octubre y los inquilinos persistieron en exigir una reducción del 30% en los alquileres; así la violencia comenzó a signar los desalojos forzosos. Finalmente, los inquilinos fueron derrotados por los propietarios, mejor organizados y apoyados.
Los años de prosperidad económica trajeron no solo crecimiento demográfico sino también mayores oportunidades. Al obrero aclimatado el medio ambiente porteño y que poseía un oficio o ahorros, el progreso lo llevaba hacia los suburbios. Los hijos e hijas de inmigrantes buscaron un lote de tierra y un hogar e las afueras. Después de la electrificación y unificación del sistema tranviario, las bajas tarifas apoyaron firmemente esos esfuerzos y acentuaron ese desplazamiento.
Tortazos (Milonga – 1930)
Música: José Razzano
Letra: Enrique Maroni
Te conquistaron con plata
y al trote viniste al centro,
algo tenías adentro
que te hizo meter la pata;
al diablo fue la alpargata
y echaste todo a rodar;
el afán de figurar
fue tu "hobby" más sentido
y ahora, hasta tenés marido...
las cosas que hay que aguantar.
M'hjita, me causa gracia
tu nuevo estado civil.
Si será gil ese gil
que creyó en tu aristocracia:
Vos sos la Ñata Pancracia,
alias "Nariz Arrugada",
vendedora de empanada,
en el barrio de Pompeya.
¿Y tú mama? Bueno, de ella,
¡respetemos la finada!
Y ahora tenés voaturé,
un tapao petí gris
y tenés un infeliz
que la chamuya en francés...
¡Qué hacés, tres veces que hacés,
Señora Ramos Lavalle!
Si cuando lucís tu talle,
con ese coso del brazo,
¡no te rompo de un tortazo,
por no pegarte en la calle!
¡Señora! ¡Pero hay que ver
tu berretín de matrona!
Sí te acordás de Ramona,
abonale el alquiler...
No te hagás la rastacuer
desparramando la guita,
bajá el copete m'hijita
con tu pinta abacanada...
¡Pero si sos más manyada
que el tangoLa Cumparsita !
y al trote viniste al centro,
algo tenías adentro
que te hizo meter la pata;
al diablo fue la alpargata
y echaste todo a rodar;
el afán de figurar
fue tu "hobby" más sentido
y ahora, hasta tenés marido...
las cosas que hay que aguantar.
M'hjita, me causa gracia
tu nuevo estado civil.
Si será gil ese gil
que creyó en tu aristocracia:
Vos sos la Ñata Pancracia,
alias "Nariz Arrugada",
vendedora de empanada,
en el barrio de Pompeya.
¿Y tú mama? Bueno, de ella,
¡respetemos la finada!
Y ahora tenés voaturé,
un tapao petí gris
y tenés un infeliz
que la chamuya en francés...
¡Qué hacés, tres veces que hacés,
Señora Ramos Lavalle!
Si cuando lucís tu talle,
con ese coso del brazo,
¡no te rompo de un tortazo,
por no pegarte en la calle!
¡Señora! ¡Pero hay que ver
tu berretín de matrona!
Sí te acordás de Ramona,
abonale el alquiler...
No te hagás la rastacuer
desparramando la guita,
bajá el copete m'hijita
con tu pinta abacanada...
¡Pero si sos más manyada
que el tango
Atenti Pebeta (milonga 1929)
Letra: C. Flores
Música: C. Ortiz
Cuando estés en la vereda y te fiche un bacanazo,
vos hacete la chitrula y no te le deschavés;
que no manye que estás lista al primer tiro de lazo
y que por un par de leones bien planchados te perdés.
Cuando vengas para el centro, caminá junando el suelo,
arrastrando los fanguyos y arrimada a la pared,
como si ya no tuvieras ilusiones ni consuelo,
pues, si no, dicen los giles, que te han hechao a perder.
Si ves unos guantes patito ¡rajales!
A un par de polainas ¡rajales, también!
A esos sobretodos con catorce ojales
no les des bolilla, porque te perdés;
a esos bigotitos que parecen lineas
que en vez de bigote son un espinel...
¡Atenti pebeta! Seguí mi consejo;
yo soy zorro viejo y te quiero bien.
Abajate la pollera por donde nace el tobillo,
dejate crecer el pelo y un buen rodete lucí.
Comprate un corsé de fierro con remaches y tornillos
y dale el olivo al polvo, a la crema y al carmín.
Tomá leche con vainillas o chocolate con churros,
aunque estés en el momento propiamente del vermut.
Después comprate un bufoso y cachando al primer turro,
por amores contrariados le hacés perder la salud.
Si ves unos guantes patito ¡rajales!
A un par de polainas ¡rajales, también!
A esos sobretodos con catorce ojales
no les des bolilla, porque te perdés;
a esos bigotitos de catorce lineas
que en vez de bigote son un espinel...
¡Atenti pebeta! Seguí mi consejo;
yo soy zorro viejo y te quiero bien.
vos hacete la chitrula y no te le deschavés;
que no manye que estás lista al primer tiro de lazo
y que por un par de leones bien planchados te perdés.
Cuando vengas para el centro, caminá junando el suelo,
arrastrando los fanguyos y arrimada a la pared,
como si ya no tuvieras ilusiones ni consuelo,
pues, si no, dicen los giles, que te han hechao a perder.
Si ves unos guantes patito ¡rajales!
A un par de polainas ¡rajales, también!
A esos sobretodos con catorce ojales
no les des bolilla, porque te perdés;
a esos bigotitos que parecen lineas
que en vez de bigote son un espinel...
¡Atenti pebeta! Seguí mi consejo;
yo soy zorro viejo y te quiero bien.
Abajate la pollera por donde nace el tobillo,
dejate crecer el pelo y un buen rodete lucí.
Comprate un corsé de fierro con remaches y tornillos
y dale el olivo al polvo, a la crema y al carmín.
Tomá leche con vainillas o chocolate con churros,
aunque estés en el momento propiamente del vermut.
Después comprate un bufoso y cachando al primer turro,
por amores contrariados le hacés perder la salud.
Si ves unos guantes patito ¡rajales!
A un par de polainas ¡rajales, también!
A esos sobretodos con catorce ojales
no les des bolilla, porque te perdés;
a esos bigotitos de catorce lineas
que en vez de bigote son un espinel...
¡Atenti pebeta! Seguí mi consejo;
yo soy zorro viejo y te quiero bien.
Música: Juan Carlos Cobián
Letra: Pascual Contursi
Mina que fue en otro tiempo
la más papa milonguera
y en esas noches tangueras
fue la reina del festín.
Hoy no tiene pa' ponerse
ni zapatos ni vestidos,
anda enferma y el amigo
no aportó para el bulín.
Ya no tienen sus ojazos
esos fuertes resplandores
y en su cara los colores
se le ven palidecer.
Está enferma, sufre y llora
y manya con sentimiento
de que así, enferma y sin vento
más naide la va a querer.
Pobre paica que ha tenido
a la gente rechiflada
y supo con la mirada
conquistar una pasión.
Hoy no tiene quien se arrime
por cariño a su catrera.
¡Pobre paica arrabalera
que quedó sin corazón!
Y cuando de los bandoneones
se oyen las notas de un tango,
pobre florcita de fango
siente en su alma vibrar
las nostalgias de otros tiempos
de placeres y de amores,
¡hoy sólo son sinsabores
que la invitan a llorar!
la más papa milonguera
y en esas noches tangueras
fue la reina del festín.
Hoy no tiene pa' ponerse
ni zapatos ni vestidos,
anda enferma y el amigo
no aportó para el bulín.
Ya no tienen sus ojazos
esos fuertes resplandores
y en su cara los colores
se le ven palidecer.
Está enferma, sufre y llora
y manya con sentimiento
de que así, enferma y sin vento
más naide la va a querer.
Pobre paica que ha tenido
a la gente rechiflada
y supo con la mirada
conquistar una pasión.
Hoy no tiene quien se arrime
por cariño a su catrera.
¡Pobre paica arrabalera
que quedó sin corazón!
Y cuando de los bandoneones
se oyen las notas de un tango,
pobre florcita de fango
siente en su alma vibrar
las nostalgias de otros tiempos
de placeres y de amores,
¡hoy sólo son sinsabores
que la invitan a llorar!
La sociedad argentina actual
Según el último censo, realizado en 2001, la Argentina registra aproximadamente 36 millones de habitantes. Se caracteriza por ser un país con población “paulatinamente envejecida”, porque ha aumentado más la cantidad de personas adultas mayores que la de los grupos más jóvenes. También ha disminuido el índice de masculinidad, es decir, la cantidad de varones en relación con la cantidad de mujeres.
La mayor parte de los habitantes del país vive en ciudades y aglomerados urbanos. El Área Metropolitana de Buenos Aires, formada por la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y localidades de los partidos vecinos de la Provincia de Buenos Aires (conurbano), es el aglomerado más grande, ya que concentra a más de un tercio de la población total del país.
Históricamente, el crecimiento de la población argentina ha sido distinto al del resto de los países de América Latina (con excepción de Uruguay), debido al gran número de inmigrantes extranjeros, en particular provenientes de Europa, que recibió nuestro país entre fines del siglo XIX y principios del siglo XX. Esa tendencia fue cambiando, en especial porque la cantidad de inmigrantes ha ido disminuyendo y también ha cambiado su procedencia. En la actualidad, tres de cada cinco personas extranjeras provienen de países limítrofes (Paraguay, Bolivia, Chile y, en menor medida, Brasil y Uruguay) o de Perú.
Hoy la Argentina tiene un crecimiento moderado en comparación con la población de otros países; por ejemplo es más bajo que el da caso todos los países de África, pero más alto que el de la mayoría de los países europeos.
El fenómeno de emigración de personas nativas es bastante reciente, se inicia ya avanzada la segunda mitad del siglo XX y tiene que ver con las condiciones políticas y económicas del país. Muchos argentinos emigraron porque eran perseguidos por su ideología o por su afiliación a determinados partidos políticos. Otros lo hicieron para buscar mejores oportunidades laborales y condiciones de vida.
En cuanto a los inmigrantes, no solo ha cambiado la procedencia y el volumen. Hoy llegan más mujeres que varones, debido a la mayor cantidad de mujeres que salen de sus países, buscando mejores condiciones de trabajo para poder enviar dinero a sus hijos y a las familias que quedan en su país de origen. Habitualmente, las condiciones de las mujeres inmigrantes no son buenas. Muchas de ellas son trabajadoras del servicio doméstico y no tienen seguridad laboral, ni obra social, ni aportes jubilatorios.
Se calcula que en la Argentina viven más de 600.000 personas que integran pueblos originarios, es decir, algo menos del 2% de la población. Este grupo presenta características distintas del resto de la población. Tiene una población menos envejecida, porque viven menos años debido a que no tiene cobertura médica ni acceso a un servicio sanitario adecuado y que respete sus pautas culturales y atienda sus necesidades. El porcentaje de personas pobres es mayor que la media nacional y el nivel de analfabetismo es tres veces mayor.
Del Estado benefactor al Estado neoliberal
1) Las políticas de protección social
Durante la primera etapa de la industrialización, las condiciones laborales y de vida de los trabajadores eran muy malas. Las luchas llevadas a cabo por los asalariados a través del tiempo hicieron que las políticas de Estado avanzaran en la ampliación de los derechos sociales y políticos. A partir de la influencia de nuevas ideologías, como el anarquismo, el marxismo y el socialismo, los gobiernos diseñaron políticas públicas que buscaron mejorar las situaciones de injusticia y aliviar los conflictos sociales.
En nuestro país, a partir del primer gobierno peronista, se extendió un sistema de protección denominado seguridad social, que se organizaba en tres programas centrales:
- Obras sociales. Este sistema de atención de la salud también se sustenta con un porcentaje del sueldo de los trabajadores y otro que aportan los empleadores. En sus orígenes, y hasta la reforma de la década de 1990, las obras sociales estaban vinculadas a los sindicatos y organizadas según la actividad. Desempeñaron un papel muy importante en la mejora sanitaria de la población de nuestro país.
- Asignaciones familiares. Son sumas de dinero que reciben los trabajadores asalariados según distintos eventos o situaciones de la vida familiar. Por ejemplo, se abonan asignaciones familiares al contraer matrimonio, durante el embarazo, al nacer o adoptar un hijo, cuando comienza el ciclo lectivo por cada hijo en edad escolar; y, mensualmente, por cada hijo menor de 18 años o sin límite de edad cuando se trata de un hijo discapacitado.
Estos programas que conforman la seguridad social buscan garantizar los derechos sociales de la población. Por eso, el trabajador asalariado formal fue considerado, de hecho, el titular de estos derechos sociales.
El problema de esta lógica es que excluyó a importantes grupos de la población. Tanto las personas que no tenían un trabajo asalariado como las mujeres dedicadas al trabajo doméstico y que no estaban casadas con un trabajador asalariado formal quedaban excluidas de estos beneficios. Lo mismo ocurrió con los trabajadores rurales, los trabajadores informales (cuentapropistas changarines), las trabajadoras del servicio doméstico y los inmigrantes sin documentos.
2) Las políticas neoliberales
Desde mediados de los años setenta, cuando la dictadura militar implantó una política de desindustrialización y de apertura de los mercados, nuestro país tuvo problemas para garantizar que todos sus habitantes gozaran de un trabajo en condiciones satisfactorias. A partir de los años noventa, esas políticas se profundizaron y, además se produjo la reforma de la legislación laboral. Para reducir los costos se modificaron las leyes de trabajo y se permitieron formas de contratación más “flexibles”, es decir, con menos obligaciones para los empleadores y beneficios para los empleados. Así el empleo se volvió más precario.
El sistema jubilatorio también sufrió una profunda reforma, que consistió, fundamentalmente en una privatización. Mediante la reforma provisional que entró en vigencia en el año 1994, se creó el Sistema Integrado de Jubilaciones y Pensiones, que permitía la coexistencia de dos sistemas distintos, uno público, administrado por el
Estado, y otro privado administrado por entidades privadas de capitalización (AFJP). Las AFJP estaban obligadas a realizar inversiones con el dinero que aportaban los afiliados para obtener beneficios y aumentar sus ahorros. Los problemas intrínsecos de este sistema se hicieron evidentes en situaciones de crisis financiera, como la de 2001, en donde las inversiones hechas por estas entidades obtuvieron resultados negativos y provocaron pérdidas para los trabajadores.
En la actualidad, el mercado laboral presenta algunas mejorías. Desde 2003, la Argentina creció en términos económicos a un ritmo sostenido y la actividad industrial se revitalizó. Lo mismo ocurrió con la situación sociolaboral. Aumentó la tasa de empleo y disminuyó la desocupación; y se produjo una recomposición del salario real.
También se implementaron políticas que buscaron introducir mejoras en la situación de los trabajadores jubilados o en edad de hacerlo. A fines de 2008, una ley del congreso laboral modificó el régimen integrado se jubilaciones eliminando el sistema previsional privado de capitalización.